¿Quéhacer cuándo todas las corrientes conocidas están institucionalizadas?Inventar nuevas, claro. Pero ¿y si no son lo suficientementenovedosas?¿y si el sistema sabe cómo fagocitarlas rápidamente? Este unpanorama desolador en el que tod=s somos peces muertos.

La dialéctica pura nos hace creer que elmundo funciona como un dentro/fuera. El “dentro” sería el ordeninstitucional que nos enseña qué es lo correcto y cómo perpetuarlo. El“fuera” sería la disidencia que no acepta lo encomendado y buscaalternativas.

En estos tiempos, después de mil batallas yde sus consiguientes análisis teóricos, parece que “dentro” y “fuera”se han puesto de acuerdo. Todo lo que se hace “fuera” se está haciendoa su vez “dentro”. O sea, las instituciones han aceptado en su ordenciertos aspectos de la disidencia, lo que la convierte en “dentro” ypor tanto la destruye como “fuera”.

Y digo que parece que se han puesto deacuerdo, pero no. Ni de lejos. La leyenda posmoderna del pluralismo yde la interculturalidad no cuela. El “fuera” sigue existiendo y siguepeleando, en situación cada vez más marginal y precaria que nunca.Mientras el “dentro” le roba los conceptos, que no las ideas, trata deponer gesto amable para que todo siga pareciendo intachablementeintegrador.

Quizá lo que haya cambiado es la línea quelos divide. Hemos construido un mundo de dicotomías (sí o no, esto o lootro, niño o niña, estudias o trabajas). Pero la realidad no estádividida de tal forma. Es un continuo que contiene múltiplesrealidades, tantas como percepciones subjetivas. Es complejo y, lo másimportante, es mutable.

Por eso no importa la corriente en la que teencuentres para poder emprender la guerrilla de hoy: la de nuestrasmentes. La que nos permita desprendernos de las preocupaciones. La quenos cure de esta mezcla de Amnesia y Síndrome de Estocolmo. La que noshaga entender que ante todo somos animales y que todo lo demás vinodespués, que nada es determinante y que si seguimos un ritmo frenéticoque nos ahoga es porque aceptamos la coacción.